William Rodríguez Abadía es el hijo de Miguel Rodríguez
Orejuela y sobrino de Gilberto Rodríguez Orejuela, quienes fueron los
fundadores del Cartel de Cali en los años 1970 y llegaron a controlar el 80% de
la droga que llegaba los Estados Unidos, desde Colombia.
En esta entrevista no solo cuenta cómo fue su vida, como
cambio de rumbo, sino también revela porque se enemistaron los hermanos
Orejuelas y el gran capo Escobar.
Los capos del narcotráfico se los llevaron a la fuerza para
premiarlos y pedirles que apoyaran la candidatura de Samper. Así cuenta
Mauricio Silva en su libro “5-0”.
A todos los miembros de la Tricolor les hicieron saber que,
esa noche, estaban “invitados a comer a un sitio muy especial”.
Los citaron a las 7:00 PM, en el lobby de la Torre de Cali
y, cuando se reunieron en el punto acordado, supuestos funcionarios de la
Federación los hicieron bajar a los sótanos del hotel para abordar un
transporte que no era el oficial de la Selección. En realidad, todo el
desplazamiento subterráneo estaba montado para despistar a la policía que
velaba por la seguridad de la Selección.
Abajo, en los parqueaderos, se encontraban varias camionetas
y varias motos con personal de seguridad no identificado. Los jugadores se
acomodaron en diferentes vehículos y sin más les pidieron que se pusieran unas capuchas que estaban en
cada puesto. Así, cegados, salieron hacia el sur de Cali: “y a toda velocidad”, tal
cual recuerda uno de los volantes del equipo.
Entonces llegaron a una lujosa casa en el barrio Ciudad
Jardín donde, una vez adentro, les destaparon las cabezas y los invitaron a
bajar.
Los personajes que los recibieron fueron Miguel y Gilberto
Rodríguez Orejuela, José “Chepe” Santa Cruz y Helmer “Pacho” Herrera, capos del
Cartel de Cali. “También estaban las porristas del club América”, revela uno de
los artilleros de la Selección.
“Según dijeron los jugadores de ‘La mechita’, esa era la casa de Juan
José Bellini, quien era entonces el presidente de la Federación Colombiana de
Fútbol”, narra una de las estrellas de la generación dorada.
“Para ningún periodista de la época era un secreto que el Cartel de
Cali pagaba los premios de la Selección y que el presidente Bellini tenía nexos
con ellos –explica el entonces
subeditor de deportes de El Tiempo, Víctor Rosas–. De hecho, el directivo pagó cárcel por enriquecimiento ilícito a raíz
de esa relación”.
Bellini, “a quien sabíamos que los Rodríguez le
decían Bom-bom-bum” –según recuerda Germán Blanco, ex editor de
deportes de El Tiempo–, ofició esa noche como anfitrión y puente entre jugadores
y los cabecillas de la famosa organización criminal del Valle del Cauca.
En un momento dado, mientras servían langosta, Miguel
Rodríguez, alias “El señor”, anunció, a viva voz, un jugoso premio para cada
jugador si lograban llegar a los octavos de final en USA 94; otro aún más
beneficioso si alcanzaban los cuartos de final; y una importante suma si
conseguían llegar a las semifinales. “Nadie se alcanza a imaginar el billete que
nos prometieron en caso de coronar la final. Esa cifra era absurda, pero muy,
muy, muy absurda”, relata uno de los históricos de aquella Selección.
Luego, Gilberto Rodríguez, “El Ajedrecista”, le dio dinero
en efectivo a un grupo de jugadores (de 5.000 a 25.000 dólares) y a muchos de
ellos, uno por uno, mientras les entregaba un sobre, les recordó que era muy
importante que apoyaran la candidatura de Ernesto Samper a la Presidencia.
“‘El mandato del presidente Samper nos va a quedar muy bien. Hablen en
las entrevistas de él, que esa publicidad nos va a ayudar mucho’, nos dijo. Y hubo
jugadores que hicieron declaraciones en ese sentido”, recordó uno de
los defensas del conjunto nacional.
(Gilberto y Miguel Orejuela)
Los héroes del 5-0 estuvieron por poco más de una hora y
media con los mafiosos y, al salir, les volvieron a insistir:
“Nos dijeron que Samper iba a cambiar el país y que colaboráramos. Que
hiciéramos el número ‘uno’ que ese era número del tarjetón de Samper y que todo
eso se podía revolver con el ‘uno’ de Bavaria”, revive otro integrante
de aquella Selección.
A eso de las 10:30 de la noche, ya todos estaban de vuelta
en el hotel en Cali. Al otro día, jugaron contra Palmeiras en el Hernán Ramírez
Villegas. A ese partido asistió Ernesto Samper Pizano y, en los camerinos,
saludó a los muchachos.
Luego, en el hotel Meliá, hubo una fiesta. “Esa
noche fue grande. Faltó que llevaran a la señorita Colombia a las
habitaciones”, revela Luis Carlos Perea.
Dos días después, la Selección Colombia viajó al Mundial de
Estados Unidos.
La suerte estaba echada y los narcos habían hablado.
Para entender la magnitud que tenía Don Diego, basta con
decir que era comparado con el capo Pablo Escobar.
El operativo significa un éxito para el Ejército,
cuestionado por el hecho de que este capo de capos había logrado infiltrarse en
varias de sus estructuras. Por eso, Don Diego lograba eludir una y otra vez los
cercos.
Comparado con el histórico capo Pablo Escobar Gaviria, Don
Diego formaba parte de la última generación de narcotraficantes, sucediendo
parte de las estructuras de mafia dejadas por los hermanos Rodríguez Orejuela.
Evadido de la justicia colombiana por más de siete años, a
Don Diego no sólo lo buscaban las autoridades nacionales, sino que se
encontraba en la lista de los 10 más buscados por el FBI, en el segundo
renglón, después de Osama Bin Laden. Tan importante era para las autoridades
estadounidenses, quienes lo piden en extradición, que ofrecían la segunda mayor
recompensa por un fugitivo (5 millones de dólares), detrás del líder de la red
terrorista Al Qaeda, por quien se darían hasta 27 millones de dólares.
Después de los hermanos Orejuela, posteriormente Iván
Urdinola Grajales y Orlando Henao Montoya, el Cartel del Valle empezó a quedar
en poder de importantes narcotraficantes: Luis Hernando Gómez Bustamante, alias
“Rasguño” (recientemente extraditado a los Estados Unidos), Juan Carlos Ramírez
Abadía, alias “Chupeta” (capturado en Brasil), Diego León Montoya, alias “Don
Diego” y Wílber Varela, alias “Jabón”.
Con el primero (Rasguño) 'Don Diego' tuvo sociedad y
compartieron rutas por las que sacaban la droga fuera del país; con el segundo
(Chupeta), había “respeto de capos”. En cambio con Varela, Don Diego tuvo un
desalmada guerra de territorios que dejó centenares de muertos por dominar el
negocio de la droga en el denominado Cañon de Garrapatas. Incluso esa lucha la
reflejaron en páginas en internet donde se lanzaban injurias el uno contra el
otro.
Con 46 años y padre de tres hijos, Diego Montoya controlaba
el 70 por ciento de la droga que llegaba a Estados Unidos y no sólo tuvo
control en el norte del Valle, sino que desplazó su red hacia otros
departamentos como el Tolima, donde permaneció un tiempo escondido.
Contrario a las excentricidades de otros narcos, Don Diego
no era un hombre al que le gustara ostentar su fortuna, aunque tampoco la
ocultaba. Las autoridades antinarcóticos lo tenían como un hombre de bajo
perfil y poca vida social. Al momento de la captura, en la finca El Pital, en
inmediaciones de Zarzal, salió con una camiseta vieja y en la residencia se encontraron
un carro pequeño, un jeep Willis y un caballo ensillado. Ninguno le sirvió para
escapar.
Cuando llegó el escuadrón militar en la operación Simeón,
¿Don Diego¿ intentó evadirse por el monte, pero las huellas de una pierna
arrastrándose, la que le quedó inmovilizada años atrás por un accidente de
tránsito que tuvo en el Tolima, lo entregaron a las autoridades.
Había caído. El gran capo del Norte del Valle, el jefe de la
banda “Los Machos” que le sirvió de ejército privado, el “señor de la guerra” y
el segundo hombre más buscado en el mundo, aceptó que había sido derrotado. “Perdí,
General”, le dijo al general Montoya, a cargo de su captura.
Terremoto, apodado así por el propio narco Roberto Escobar,
hermano del capo Pablo Escobar, fue un hermoso animal, reconocido como el mejor
caballo de paso fino en el mundo.
Él también tiene su historia, triste historia, ligada al
mundo narco.
Roberto de Jesús Escobar Gaviria nació el 13 de enero de
1947, en Río Negro, al sureste de Medellín. Fue el primer hijo del agricultor
Abel Escobar y la profesora rural Hermilda Gaviria, quienes continuarían
teniendo hijos casi todos los años, hasta completar un total de siete. Pablo
Emilio sería el tercero.
La familia vivía en el campo. Muy justos de dinero. A los
niños, el colegio les quedaba a varios kilómetros. “Eran cuatro horas caminando
-recuerda Roberto-, pero después mi mamá me compró una bicicleta, en la cual me
tocaba llevar a Pablo. Al año siguiente le compraron una bicicleta a él y nos
íbamos juntos”.
En 1961, todos se trasladaron a Medellín, a una casa
entregada por el Estado. Roberto asistía al colegio y trabajaba: primero, como
ayudante en la fabricación de remedios en Droguerías Aliadas, y luego, en la
empresa de electrónica Mora Hermanos, donde lo apoyaron para estudiar en la
Academia de Ciencias Electrónicas de Medellín: como tesis de grado construyó un
televisor de 32 pulgadas.
Mientras, su hermano Pablo comenzaba a desbandarse: con su
primo Gustavo Gaviria robaba lápidas en cementerios para revenderlas y muy
pronto caería en la cárcel, se familiarizaría con las drogas y empezaría a
armar las bases de su imperio narco.
Pero no era la electrónica lo que más apasionaba a Roberto,
sino el ciclismo. Fue varias veces campeón nacional y panamericano, y cuando se
cansó de pedalear, se convirtió en entrenador de la selección colombiana. “Incluso
fui a unos Panamericanos de ciclismo a Chile el 65 o 68. Recuerdo que me
robaron la bicicleta en el hotel, pero que un periódico chileno me regaló
otra”.
De sus días en ese deporte heredó el apodo que carga hasta
hoy: “El Osito”. Cuenta Roberto: “Me
lo puso un locutor de televisión en una de mis primeras carreras. Un carro me
tiró al barro, que me tapó la camiseta y la cara. Cuando crucé la meta, nadie
me conoció. Y el locutor dijo: ‘Acaba de ganar un ciclista que parece un
osito’”.
A principios de los 70, “El Osito” ya estaba radicado en
Manizales. No le iba mal. Había levantado una fábrica de bicicletas con su
nombre, tenía una finca de 450 hectáreas, un haras de caballos fina sangre -su
gran pasión- y una cadena de moteles.
Mantenía una relación fraternal con Pablo, quien le
patrocinaba competencias de ciclismo. Nadie sabe con certeza si Roberto conocía
entonces los negocios en que estaba metido su hermano.
Pero a mediados de la década siguiente, las cosas cambiaron.
El Cartel de Medellín, en el cual Pablo Escobar sistematizó el uso de la
violencia y pulió el tráfico de la cocaína, asesinó en 1984 al ministro de
Justicia, Rodrigo Lara Bonilla.
El gobierno impuso más mano dura contra la organización y la
familia del capo. En su casa, “Osito” dirá que frente a esos hostigamientos él
tuvo que ponerse a salvo. Dejar Manizales y partir a Medellín. Y meterse al
grupo liderado por su hermano, donde sería su hombre de confianza.
En la casa-museo, Roberto Escobar exhibe los recuerdos de su
hermano como si fueran propios. No puede disimular algo parecido al orgullo.
Muestra los autos del capo, los escritorios con fondos falsos, donde guardaban
millones de dólares -a “Osito” le encanta hablar de dinero-, el comedor donde
su hermano hizo su última cena de cumpleaños, justo la noche anterior a que lo
mataran -aunque Roberto insista en que
“él se suicidó”-, o los rincones donde él y Pablo se escondían en esta
vivienda, donde estuvieron juntos y clandestinos.
Le preguntan si realmente piensa que su hermano no fue un
criminal…
-Mire, acepto que hubo violencia -dice-, pero mucha de esa violencia no
fue generada por Pablo, sino por otro cartel y algunos organismos del Estado
con complicidad de los gobiernos colombianos de esa época.
-Para usted, ¿su
hermano es inocente?
-No. Nadie en el mundo es inocente. Todos tenemos algún pecado.
-¿Y usted no le decía
nada?
-No, porque él era el que manejaba sus cosas y en eso yo no me metía…
-Pero en los afiches
de la policía usted figura como su segundo…
-Cuando me sacaron ahí, ofreciendo recompensa por mí, yo no tenía ni
una orden de captura, nada. Pero como era famoso, porque había corrido en
bicicleta, fui entrenador y me conocían más que a mi hermano en esa época, me
perseguían…
“Osito” reconoce que entró al Cartel de Medellín para
protegerse. “Yo no tenía nada que ver en el negocio del narcotráfico. Pero cuando
empezaron a buscarme para asesinarme, me tocó meterme. El gobierno fue a mi
casa en Manizales, un policía le pegó una patada a mi hijo de cinco años, mi
señora fue encarcelada… No éramos narcotraficantes, pero nos persiguieron como
si lo fuéramos. Después de eso, me metí al narcotráfico y por eso pagué”.
Sobre el rol de Roberto Escobar en la organización de su
hermano se ha dicho de todo. Que era el encargado de la logística, que manejaba
las inversiones, que fue el jefe de los sicarios.
Alonso Salazar, autor del libro La parábola de Pablo, en el
cual se inspiró la exitosa serie de TV El patrón del mal, duda de eso: “No
creo que haya tenido un cargo, él estaba ahí porque era el hermano del Patrón.
La mano derecha de Pablo era Gustavo Gaviria, y luego fue teniendo distintos
jefes militares. Pero ‘El Osito’ nunca lo fue. Era más bien su hombre de
confianza. ‘Osito’ era más juicioso que Pablo, más centrado, tenía la cabeza
más fría. Nunca fue un guerrero”.
Algo similar sostiene el periodista colombiano Alejandro
Aguirre, quien ha escrito sobre el clan. “Roberto era el cable a tierra de Pablo. Le
ponía cordura, lo contenía. Jamás participó en enfrentamientos ni atentados, no
sabía ni disparar. ‘Osito’ era más bien una compañía. Los narcos desconfían de
todo, entonces ese rol del ‘Osito’ era importante para Pablo. Además, le
facilitaba las cosas, le daba información, le conseguía las mujeres para las
fiestas”.
Algunos la llamaban la madrina, otros la viuda negra, pero
ella mismo se puso un apodo. Mando a robar al palacio de Buckingham, una
bandeja de té de la reina Isabel y proclamo “Esta
es la vajilla de una reina, porque yo, soy
la reina de la coca”.