Sin duda, Pablo Escobar fue un hombre poderoso e influyente
y es considerado uno de los narcos más adinerado de la historia.
Sus acciones se dividen entre buenas y malas. Aquellas que
hicieron daño a la sociedad, que terminaron con la vida de personas y aquellas
que ayudaron a las clases sociales más bajas.
"El uso de coches bomba en ataques terroristas también tuvo su
epicentro en Nápoles. Ocurrió cuando mi padre acudió a los servicios de Chucho,
un experto en explosivos que se especializó en Cali con un integrante de un
grupo terrorista español, al que Gilberto Rodríguez Orejuela conoció cuando
estuvo detenido en Madrid.” Cuenta Juan Pablo Escobar, hijo del capo.
“En realidad, nunca
entendimos por qué razón el capo del cártel de Cali trajo al español si en
aquella época los Rodríguez y mi padre eran amigos y no tenían rivalidades; el
mercado de la cocaína en Estados Unidos era enorme y cada uno tenía una zona
propia para traficar".
“Chucho había aprendido diversas técnicas para detonar vehículos
cargados con dinamita y cómo dirigir la onda explosiva hacia un lugar
determinado. Al principio, según comentaron los muchachos, fueron tantas las
veces que la pista de aterrizaje de Nápoles fue usada para los ensayos -con
coches robados, claro- que debieron hacerse con mucho cuidado por el riesgo de
las detonaciones".
El texto de Juan Pablo Escobar no entra en detalles sobre la
identidad del hombre pero las informaciones disponibles indican que era
Miguelito.
Ése era el apodo con el que los hombres del capo colombiano
se referían al etarra que viajó en 1986 desde España para asesorarlos en la
explosión de coches bomba activados a control remoto.
John Jairo Velásquez Vásquez, alias “Popeye”, jefe de
sicarios del cartel de Medellín, reconoció que ese no era el nombre real del
español, al que describió como "un hombre bien presentado, no usaba
desodorante, – por lo cual llamaba la atención – blanco, de 1,72 de estatura,
42 años, gordito, inteligente, muy bien hablado, jovial".
Con la técnica aprendida de Miguelito, Escobar sembró el
terror en las principales ciudades
colombianas a finales de los años 80 y
principios de los 90. Con un vehículo cargado con 1.000 kilos de dinamita
amoniacal ocasionó la muerte de 63 personas en el edificio del Departamento
Administrativo de Seguridad, el antiguo servicio de inteligencia estatal
colombiano, el 6 de diciembre de 1989.
Dos meses antes, el 2 de septiembre, sus hombres destruyeron
la sede del diario de circulación nacional El Espectador.
La travesía de Miguelito en Colombia no terminaría bien: fue
descuartizado por el personal de Escobar al descubrirse que también estaba
instruyendo en técnicas de terrorismo a miembros pertenecientes al cártel de
Cali, según relata Popeye.
El patrón, fue un narcotraficante colombiano, fundador y
líder del Cartel de Medellín, con el que llegó a ser el hombre más poderoso de
la mafia colombiana y uno de los personajes más ricos de su época. Las
autoridades lo vinculan al asesinato de más de 10.000 personas.
La muerte de Escobar generó distintas reacciones: su familia
y sus protegidos lloraron su muerte, y a su entierro asistieron miles de
personas, en su mayoría de los barrios pobres de Medellín. Pero la prensa y el
gobierno lo consideraron un triunfo en la lucha contra las drogas.
Entre los mitos sobre su muerte figura uno que dice que no
murió, que contrató a un doble y que está escondido disfrutando de su dinero.
Sus fotos se venden al lado de las del Che Guevara. Incluso
en algunos sitios todavía es venerado como un santo y en su tumba se depositan
ofrendas.
El Mexicano, fue un narcotraficante colombiano perteneciente
al Cartel de Medellín, el más poderoso y temido de la historia junto a Pablo
Escobar.
Se ha conocido, años después de su muerte, que su
trascendencia no se había limitado a esferas del tráfico ilegal de
estupefacientes, sino también se sintió dentro del ámbito comercial, político,
social y de orden público.
Rodríguez Gacha era conocido con el alias de "El
Mexicano" por su fascinación por la nación mexicana y su cultura.
William Rodríguez Abadía es el hijo de Miguel Rodríguez
Orejuela y sobrino de Gilberto Rodríguez Orejuela, quienes fueron los
fundadores del Cartel de Cali en los años 1970 y llegaron a controlar el 80% de
la droga que llegaba los Estados Unidos, desde Colombia.
En esta entrevista no solo cuenta cómo fue su vida, como
cambio de rumbo, sino también revela porque se enemistaron los hermanos
Orejuelas y el gran capo Escobar.
Los capos del narcotráfico se los llevaron a la fuerza para
premiarlos y pedirles que apoyaran la candidatura de Samper. Así cuenta
Mauricio Silva en su libro “5-0”.
A todos los miembros de la Tricolor les hicieron saber que,
esa noche, estaban “invitados a comer a un sitio muy especial”.
Los citaron a las 7:00 PM, en el lobby de la Torre de Cali
y, cuando se reunieron en el punto acordado, supuestos funcionarios de la
Federación los hicieron bajar a los sótanos del hotel para abordar un
transporte que no era el oficial de la Selección. En realidad, todo el
desplazamiento subterráneo estaba montado para despistar a la policía que
velaba por la seguridad de la Selección.
Abajo, en los parqueaderos, se encontraban varias camionetas
y varias motos con personal de seguridad no identificado. Los jugadores se
acomodaron en diferentes vehículos y sin más les pidieron que se pusieran unas capuchas que estaban en
cada puesto. Así, cegados, salieron hacia el sur de Cali: “y a toda velocidad”, tal
cual recuerda uno de los volantes del equipo.
Entonces llegaron a una lujosa casa en el barrio Ciudad
Jardín donde, una vez adentro, les destaparon las cabezas y los invitaron a
bajar.
Los personajes que los recibieron fueron Miguel y Gilberto
Rodríguez Orejuela, José “Chepe” Santa Cruz y Helmer “Pacho” Herrera, capos del
Cartel de Cali. “También estaban las porristas del club América”, revela uno de
los artilleros de la Selección.
“Según dijeron los jugadores de ‘La mechita’, esa era la casa de Juan
José Bellini, quien era entonces el presidente de la Federación Colombiana de
Fútbol”, narra una de las estrellas de la generación dorada.
“Para ningún periodista de la época era un secreto que el Cartel de
Cali pagaba los premios de la Selección y que el presidente Bellini tenía nexos
con ellos –explica el entonces
subeditor de deportes de El Tiempo, Víctor Rosas–. De hecho, el directivo pagó cárcel por enriquecimiento ilícito a raíz
de esa relación”.
Bellini, “a quien sabíamos que los Rodríguez le
decían Bom-bom-bum” –según recuerda Germán Blanco, ex editor de
deportes de El Tiempo–, ofició esa noche como anfitrión y puente entre jugadores
y los cabecillas de la famosa organización criminal del Valle del Cauca.
En un momento dado, mientras servían langosta, Miguel
Rodríguez, alias “El señor”, anunció, a viva voz, un jugoso premio para cada
jugador si lograban llegar a los octavos de final en USA 94; otro aún más
beneficioso si alcanzaban los cuartos de final; y una importante suma si
conseguían llegar a las semifinales. “Nadie se alcanza a imaginar el billete que
nos prometieron en caso de coronar la final. Esa cifra era absurda, pero muy,
muy, muy absurda”, relata uno de los históricos de aquella Selección.
Luego, Gilberto Rodríguez, “El Ajedrecista”, le dio dinero
en efectivo a un grupo de jugadores (de 5.000 a 25.000 dólares) y a muchos de
ellos, uno por uno, mientras les entregaba un sobre, les recordó que era muy
importante que apoyaran la candidatura de Ernesto Samper a la Presidencia.
“‘El mandato del presidente Samper nos va a quedar muy bien. Hablen en
las entrevistas de él, que esa publicidad nos va a ayudar mucho’, nos dijo. Y hubo
jugadores que hicieron declaraciones en ese sentido”, recordó uno de
los defensas del conjunto nacional.
(Gilberto y Miguel Orejuela)
Los héroes del 5-0 estuvieron por poco más de una hora y
media con los mafiosos y, al salir, les volvieron a insistir:
“Nos dijeron que Samper iba a cambiar el país y que colaboráramos. Que
hiciéramos el número ‘uno’ que ese era número del tarjetón de Samper y que todo
eso se podía revolver con el ‘uno’ de Bavaria”, revive otro integrante
de aquella Selección.
A eso de las 10:30 de la noche, ya todos estaban de vuelta
en el hotel en Cali. Al otro día, jugaron contra Palmeiras en el Hernán Ramírez
Villegas. A ese partido asistió Ernesto Samper Pizano y, en los camerinos,
saludó a los muchachos.
Luego, en el hotel Meliá, hubo una fiesta. “Esa
noche fue grande. Faltó que llevaran a la señorita Colombia a las
habitaciones”, revela Luis Carlos Perea.
Dos días después, la Selección Colombia viajó al Mundial de
Estados Unidos.
La suerte estaba echada y los narcos habían hablado.
Para entender la magnitud que tenía Don Diego, basta con
decir que era comparado con el capo Pablo Escobar.
El operativo significa un éxito para el Ejército,
cuestionado por el hecho de que este capo de capos había logrado infiltrarse en
varias de sus estructuras. Por eso, Don Diego lograba eludir una y otra vez los
cercos.